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Un viaje sin fin

Ben estaba sentado encima de su cama, con las manos sujetando su sudorosa cabeza. Los vaibenes de la embarcacion le hacian tener unas ganas horribles de vomitar, y tras incesantes meses de encierro en esta nave, su desesperacion por pisar tierra firme le conducia a la mas profunda de las locuras. Eran ya muchos meses lo que llevaban vagando sin rumbo, perdidos en una inexorable inmensidad vacia. Meses sufriendo una soledad inmunda que le corroia el alma y le alejaba de la esencia de lo humano.

Ben habia sido un hombre apacible, cabal, mas realista que soñador y, ante todo, aventurero. Sus ansias por viajar y vivir nuevas experiencias le habian llevado a dedicar gran parte de su vida a viajar, conociendo infinidad de paises, culturas y gentes. Ben adoraba el contacto con la gente, era el motor de su necesidad de viajar. Habia perdido a sus padres cuando apenas tenia 6 años y se habia criado en un orfanato, donde no habia sido, para nada, bien acogido por lo que se crió sintiendose solo en el mundo.

Conocer nuevas gentes le hacia sentirse una persona distinta, se integraba tanto en las sociedades que visitaba que no es que fuera uno mas de la misma, si no que en muchos casos acababa pareciendo mas nativo que cualquier otro.

Siendo como era, cuando le propusieron formar parte de esta expedición, Ben no se lo penso dos veces. La oportunidad de ser uno de los primeros aventureros espaciales era un privilegio tan asombroso y una posibilidad tan enorme, que Ben era incapaz de resistirse. 7 meses antes habian partido rumbo a dos planetas que podian tener vida, 2 oportunidades nuevas para Ben, dos oportunidades de alejar su amargo sentimiento de soledad. Ahora volvian a casa sin haber encontrado nada digno de mencion y, llegando, el sentimiento de soledad de Ben se multiplico como nunca antes habia hecho...la Tierra no estaba donde tenia que estar y no quedaba ni rastro de ella. La verdadera aventura habia comenzado.





José Carlos Cortizo Pérez

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