Spiga
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Dolor


Sarah se despertó de un corto y agitado sueño. Apenas había conseguido dormir, pero eso casi no importaba: lo peor era la sensación de llegar a un día más, sin cambios, para luego volver a tener que enfrentarse con la cruda realidad. Miró a su izquierda. A su lado yacía un cuerpo sin vida. Brom había muerto. Tenía casi quinientos años, y había sido una vida larga incluso para un elfo. Pero había muerto.

Sarah recordó cómo se habían conocido apenas trescientos años atrás. Él había sido el único superviviente de una de sus atroces incursiones. En su juventud, Sarah había cometido actos terribles, injustificables; había matado, saqueado, arrasado pueblos enteros. Sin saber por qué, ella le había curado, había cuidado de él, y por primera vez había sentido algo que podía identificar como afecto. Él respondió con comprensión, con cariño, y la supo perdonar. Lo que ella hacía estaba en su naturaleza, no era su culpa, no podía evitarlo. Sin embargo, él la supo aplacar, la abrío los ojos hacia su lado más civilizado, menos salvaje. Sarah se había enamorado, y había decidido tomar forma de elfa.

Recordo también las ampollas que había levantado esta relación entre sus pueblos. La vergüenza, el destierro, las penurias que habían sufrido durante doscientos años, hasta que por fin fueron perdonados, aceptados, reinsertados... aunque sólo por el pueblo de Brom. Sin embargo, habían decidido no volver a vivir entre su gente; prefirieron quedarse en las montañas, cuidando sus tierras y su ganado. Al menos, estos últimos años habían sido más agradables; habían dejado de sufrir ataques, de recibir insultos, y habían tenido algo parecido a una vida social.

Sarah cogió su fría mano. El dolor era otra vez insoportable, y ese cuerpo ya no era Brom. Decidió que debía terminar con todo de una vez. Se desnudó y salió al jardín. Murmuró un hechizo en una lengua que no había utilizado durante trescientos años y recuperó su forma normal. Era curioso, pero se sentía una extraña en un cuerpo que había utilizado durante más de diez mil años. No le quiso dar mayor importancia; ahora debía honrar a Brom con fuego. Se volvió hacia la casa y lanzó una llamarada que la incineró al instante. Abrió sus alas y comenzó a volar. Tenía por delante un reto importante: debía demostrar a los demás dragones que era posible llevar una vida de paz. Aunque, bien visto, primero tenía que demostrárselo a sí misma: el ansia de sangre estaba comenzando a volver...



Francisco Manuel Carrero García

Fotografía de NFlorence2012 licenciada bajo CC-by-nc-nd

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